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Los animales domésticos son aquellos que se conservan, mantienen y alimentan en el territorio humano y que son utilizados por el hombre en beneficio propio. El hecho de convertir una especie salvaje en animal doméstico implica una doble vertiente: por un lado, el animal debe poseer preadaptaciones y potencialidades adecuadas para la domesticación y por otro, el humano debe tener el suficiente interés en su uso. UNA FAMILIA, DOS ESPECIES En los albores de la civilización el hombre probó a domesticar muchas especies sin éxito. Algunas no se reproducían en cautiverio, como era el caso de los guepardos y otras. Aunque tuvieran preadaptaciones, no les servían para nada. Es por ello que, partiendo de la base de que el lobo tenía esas cualidades y que además servía como especie simbiótica, el humano decidió domesticarlo.
Los que piensan que los lobos tienen los mismos patrones de conducta que los perros, están tan equivocados como los que olvidan que estos últimos proceden de los primeros y los que pretendiesen tratar a un lobo como a un perro serían unos inconscientes. Nos encontramos así con dos especies que, aun siendo de la misma familia, se van pareciendo cada vez menos aunque de momento, dos caracteres les siguen uniendo: su posibilidad de hibridación y el mantenimiento intacto de sus estructuras jerárquicas. La diversidad genotípica debida al factor racial, la variabilidad conductual, la adaptación a nuevo y distintos nichos tróficos y por supuesto, la neotenía (persistencia de caracteres juveniles en edad adulta), han convertido al buen lobo chino en un diminuto Chihuahua o en un flemático Mastín Español. LA JERARQUÍA Y EL ANTROPOMORFISMO El antropomorfismo consiste en atribuir a los animales rasgos y cualidades humanas. Las corrientes de moda, basadas en lo políticamente correcto, llevan a muchos dueños a conseguir con su perro una convivencia equivocada, dura, llena de sobresaltos e incómoda para ambas especies. Decíamos que uno de los caracteres con poca mutación a causa de la domesticación es precisamente el de jerarquía de manada o grupo. Un perro no sabe vivir sí no es consciente de su puesto en un escalafón territorial. Da igual que la manada esté formada por diez ejemplares caninos que por tan sólo el dueño y su perro. No importa que el territorio abarque 12 km2 o los 100 m2 de un piso. La jerarquía y el escalafón son consustanciales a los factores de supervivencia tan apreciados por muchas especies gregarias como la dee Canis familiaris o aun, como la de Homo sapiens. Ambos basamos nuestra fuerza en el grupo, necesitamos de los demás para superar nuestros problemas de supervivencia y, como saben, cualquier grupo cíe mamíferos que compartan territorio de forma estable y duradera, acaban estableciendo una jerarquía. Si nos empeñamos en hablar de tú a tú a nuestro perro, de tratar de ver en él lo que no posee y en obligarlo a realizar determinadas conductas no incluidas en su potencial de especie, sólo conseguiremos la frustración: Para nosotros y para él. Partimos de la base, de que la multitudinaria sociedad actual nos impone a los humanos un aislamiento y una soledad individual que nos lleva a buscar en la mascota la salida a esa geran capacidad afectiva propia de nuestra especie. El perro, por otro lado, es de las pocas especies capaces de presentar imprinting heteroespecífico, es decir, de aprender a relacionarse con sus semejantes y de aceptar la relación con el hombre. Fue precisamente esa potencialidad la que nos llevo a domesticarlo en primer lugar.
El perro se ha convertido en un excelente compañero de viaje en nuestra propiaa evolución y somos muy libres como especie superior, de considerarlo como a un miembro más de la nuestra. Podemos convencernos de que él no necesita tener claro su puesto en el escalafón jerárquico e incluso, siendo políticamente correctos, concederle los mismos derechos en cuanto a educación que a nuestros propios hijos... Pero el problema es que nuestro amigo tiene muy claro a que especie pertenece, sabe cuales son sus potencialidades y necesidades, y entre ellas no está la de ser tratado como un humano. Supongo que a nosotros tampoco nos gustaría que nos tratasen como a perros. LA ELECCIÓN ADECUADA Uno de los factores selectivos fundamentales para optimizar los logros en nuestra convivencia es el de la adecuada elección del animal que será parte integrante de nuestra vida, valorando raza, sexo y edad. Existen multitud de razas, entre cuyos individuos está el que cada uno necesita. Si algo bueno tiene nuestra temible selección artificial es que, gracias a ella, podemos disponer de perros de todos los caracteres: desde los flemáticos adecuados al dueño sedentario, hasta los marchosos útiles para acompañar a los que no quieren aburrirse. Hay razas de todas las tallas, carácter, tipo de pelo, periodo vital e inteligencia y les recomiendo que hagan a los clientes una buena entrevista antes de venderles el animal que puede llenar su vida de alegría o de pesar. APOYO DEL PROFESIONAL
Para llevar a cabo un buen programa educativo de su amigo canino, sugiera a sus clientes que acudan al profesional que dedica su vida a cualquiera de las especialidades necesarias para el bienestar canino. No deben consentir que una mala conducta se fije en su perro si un experto puede erradicarla, ni pasar por alto una posible enfermedad pudiendo acudir al veterinario. Y si no son capaces de enseñar a su perro lo que necesita saber, invítelos a que acudan a un adiestrador. Su compañero se lo agradecerá haciéndoles disfrutar de una convivencia que empezó hace tan sólo 15.000 años. [ANTONIO POZUELOS JIMÉNEZ DE CISNEROS] Doctorando en Antropología Física. Diplomado en Estudios Universitarios Avanzados de 3er ciclo (línea de investigación; comportamiento animal y humano). Asesor y terapeuta en comportamiento animal. Etología dpto. de Biología Animal y Ecología, Universidad de Granada. Presidente de AEPE (Asociación para el Estudio del Perro y su Entorno) www.aepe.net Director del curso on-line de Etología canína avanzada Ethos_logo@yahoo.es.
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